Cierra los ojos, y se deja empezar a ser atormentado por una lluvia ligera de pensamientos. Permite que inunden su –hasta ese momento- tranquilidad y estabilidad mental. Al principio, las imágenes son situaciones del día que transcurrió, pensamientos sobre las decisiones tomadas en el mismo y consecuencias posibles de estos actos. Lentamente y sin darse cuenta va cayendo en la primera fase del sueño, sin saber lo que se le aproximaba. Cuando recupera la consciencia está en una larguísima fila, cómo esas de los locales en los que se pagan los impuestos o una panadería en la que la gente sin hogar va a buscar las sobras de los últimos días. “¿Que hago haciendo fila?” Se pregunto para sus adentros, desconcertado e intrigado por el cambio de la cama a una aparentemente interminable hilera de seres humanos, uno detrás del otro, sin ningún orden en particular más que el de llegada. Diviso a la persona delante de él, calvo, no más de 55, no llega al metro setenta y cinco, y está vestido con un suéter azul y camisa blanca de marca, unos zapatos marrones con punta fina y una nariz prominente y algo respingada. “¿Debería hablarle y preguntarle que estamos haciendo?” Pensó, otra vez, en la plena intimidad que le brindaba su razonar. A pesar de ser muy tímido e introvertido, tomó coraje para hacerse notar, y le preguntó con una suave y vergonzosa voz:
-Disculpe señor, ¿Sabe para qué es la fila?
Nada, ni una mueca, ni un giro de cabeza, absolutamente nada. Nuevamente, más fuerte y con más autoridad pregunta:
-Señor, ¡¿Sabe para qué es esta fila que estamos formando?
Otra vez, la nada misma. Pero no se iba a rendir, pensó que, quizá, el calvo no tenía ganas de conversar, y mejor era no molestarlo y preguntarle a otra persona que, seguramente, estaría más dispuesta a darle la respuesta que necesitaba. Miro detrás de él, una cara conocida de algún pasado lejano miraba como perdida, cómo mira la gente en drogas duras, para su dirección. Aunque no podía ponerle nombre la recordaba, recordaba su largo pelo que llegaba hasta sus caderas, recordaba sus labios sonriendo que también a él lo hicieron sonreír, aunque no registraba gesto alguno su expresión facial al momento de volver a verla. Sabía el modelo del auto, pero no sabía la patente, ese auto podría ser cualquier auto, esos labios podrían ser cualquier par de labios, su largo pelo negro como fideos de chocolate amargo ostentaban un numero de propietarios tan largos como la Muralla China, imposible saber realmente de quién eran, pero él conoció personalmente en algún momento esa cabellera.
Aunque esta vez no se animó a empezar una conversación, la posibilidad del fracaso lo abrumó y prefirió mantenerse callado mientras la cola avanzaba a paso de hombre e igual parecía nunca terminar, aunque no tenía completa noción del tiempo que había pasado en ese gusano humano, estimó que estuvo alrededor de quince minutos, los quince minutos más largos, tediosos, angustiantes y desconcertantes de toda su vida.
Repentinamente sintió como un grillete comenzaba a apretar su tobillo, cómo ajustándose y en el momento en que tomó de forma completa la fisionomía de su previamente mencionada parte de su cuerpo la fuerza de algo semejante a la gravedad lo comenzó a tirar hacia abajo. No pudo más que gritar, perder la cabeza, volverse loco, es decir, estaba viviendo una locura, desgarrándole las capas de piel del tobillo como si se tratase de una papa siendo pelada. Gritando de la desesperación empezó a pedir ayuda: “¿Alguien me escucha?” gritó. Nada. Ni un suspiro se oyó entre la multitud de figuras entre las que se encontraba. A medida que su tobillo perdía piel, comenzaba a chorrear sangre y a dejar expuestos sus huesos, nervios, venas y articulaciones. -Un verdadero esqueleto me estoy convirtiendo- Pensó. Cuando cesaron sus gritos y su llanto dejo de perder el tobillo, de cualquier manera, supo que nunca recuperaría todo lo que recién había perdido, a partir de ahora,
tenía un pie esquelético. Una vez que comprendió esto, se sintió listo para el próximo desafío que esta experiencia quería traerle. Esa potencia que le arrancó el tobillo volvió a hacerse notar, pero esta vez el sentía que ya no podía perder el tobillo, ya le habían sacado su piel, ya era hueso, ya no tenía vuelta atrás. La fuerza le llevó el pie hacia abajo, hacia la tierra que estaba pisando y sin prisa, pero sin pausa, se abrió camino entre la tierra.
Allí abajo lo vio todo, agua, magma, tierra, otros esqueletos, tumbas y piedras de los colores más preciosos que algún ojo hubiese llegado a ver en toda la historia de la humanidad. De un momento al otro, su viaje entre lo subterráneo terminó, y llegó a un largo pasillo de fuego, y en el fondo pudo ver, muy a la lejanía, un trono hecho de huesos, espadas, pistolas, partes de cuerpos que estaba rodeado por algo que ni él, en su etapa de máxima consciencia universal podía comprender.
El grillete que impedía su movimiento había desaparecido, y con él, su imposibilidad de usar su pie derecho completamente despojado de dermis, pero con algún remanente de seso, mezclado con sangre y nervios metido entre los huesos. Entendió que debía caminar hacia esa silla, que su camino terminaba ahí. Dio el primer paso y se topó con una niña, la analizo de pies a cabeza, en ese orden, notó que a ella también le faltaba su pie derecho, pero conservaba el grillete, el cual le arrancaba de a poco la pantorrilla de su pierna. Asimiló que ella estaba en su propio viaje y el nada podía hacer para ayudarla, levantó la mirada y vio su vestido, en el centro tenía un precioso malvón que le recordaba a tiempos pasados en los que se sintió más feliz, corrió la vista hacia los brazos de la niña, un oso muy lindo hecho a mano, aunque tenía los ojos cosidos, no le presto demasiada atención y pasó a la cara de la pequeña. El rostro más atemorizante, macabro, malvado y malintencionado que alguna vez tuvo frente a sus globos oculares, de su diminuta boca corría sangre, una sangre de color negro, como terroso, que no paraba de salir desde el momento en que la observó y mancho todo el vestido, sus brazos y sus piernas llegando a sus despojos de los dedos. Él solo pudo llorar, nunca había visto semejante aberración, semejante maldad hecha hacia una joven, una injusticia pensó, y asimiló que nada podía hacerse. Subió un poco más la mirada y su nariz desprendía por una sola de sus fosas el mismo líquido arcilloso y macabro, tan solo un poco más ascendió su cámara de la cara e hizo contacto visual, lágrimas del tamaño de un río cayeron de sus ojos, la infanta tenía cosidos los ojos y ahora tenía sonido la imagen, lloraba, lloraba y no paraba de llorar, sus sollozos minaban cada razonamiento que pasaba por la mente de él. Sus ojitos sangraban de color rojo vivo, y entre cada enhebrado salía una larga gota de pintura rojiza que maquillaba con un hilo su cara, su cuello hasta perderse en su pecho.
Él quedo perplejo, comprendió que era completamente insano lo que presenciaba y decidió terminarlo. Agarró el sobrante del hilo que la chica tenía sobre sus ojos y se lo arrancó de un fuertísimo tirón. Le arranco sin remordimiento los párpados y le dejo los ojos abiertos para que pudiese volver a ver. Ella dejó de llorar, entre movió lentamente los ojos hasta acostumbrarse a la luz nuevamente y lo miró fijamente. Él nunca sintió tanto miedo en toda su vida.
-. Gracias- Dijo ella suavemente-Me devolviste la vista, ahora yo te debo una respuesta.
Él estaba simplemente impresionado con los globos oculares de la niña que parecían danzar sin rumbo sobre su cuenca, tenía miles de preguntas, pero sólo alcanzo a balbucear una
-. ¿Quién sos? -Preguntó aterrado
-Soy vos bobo, vamos vas a tener que hacer una pregunta mejor -Respondió graciosa
-¿Cuándo termina todo esto?- Esgrimió el rápidamente, como si tuviese que aprovechar el tiempo
-Nunca, estás acá para siempre.- Matando cualquier expresión facial que el pudiese haber tenido.
La niña desapareció, y él solo se llenó de dudas, pero supo que solo podía avanzar, miró a los costados del pasillo, a su izquierda, madres maniatadas, llorando y sollozando por sus hijos y al lado de ellas un torturador para cada una, diciéndoles cosas abominables y golpeándolas sin ningún sentido de culpa, él solo sintió bronca y desprecio por los torturadores, pero otra vez comprendió que nada podía hacer, miró a su derecha y vió a todos los hijos que las madres lloraban, mutilados, medio-vivos algunos y medio-muertos otros, se llenó su corazón de tristeza al ver miles de niños sin piernas, sin brazos y despojados de su genitalidad, otros como la niña que ayudó, sin ojos o con sus bocas cosidas, encontró uno con las orejas mutiladas, piernas como muñones, puños rebanados como cerdo, ojos y boca con hilo de principio a fin y la nariz completa. Literalmente un torso viviente. No lo soportó más, agarró el torso y lo abrazó, ya había visto demasiado, rompió en llanto y comenzó a gritar pidiendo que lo dejen salir, que el chiste había terminado y que quería morir después de ver tanto mal hecho de forma intencionada. Nadie lo escuchó, ni el torso que murmuraba con sus labios cosidos con él. Soltó al torso y comprendió que era momento de acercarse al trono.
A cada paso que daba percibía como se le drenaban sus energías, sus ojos pesaban aún más y su mente pensaba menos todavía. Alrededor de diez pasos antes de llegar al trono sintió cómo era despojado de toda tez humana y su cuerpo era completamente hueso a excepción de sus venas, arterias, ojos, genitales, corazón y cerebro. Puso un pie delante del otro, y perdió sus genitales, avanzo otra vez y sus globos oculares perdieron su órbita y cayeron como canicas al suelo. Ya no quedaba tanto, pero iba a llegar, de alguna manera, a ese sillón, que parecía ser el descanso eterno.
Pocos pasos le restaban, quizá dos o tres, y se le apareció ella, habían compartido la fila, recordó quién era, aunque él nunca la había herido, en algún momento compartieron sus vidas y ella le hizo ver todos sus errores, queriendo enseñarle, ayudarlo y lograr que progrese. Todo tuvo sentido por un momento. El hecho de no poder verla no impedía que Él supiese que Ella estaba ahí, quería tocar su pelo una vez más, largo y negro como la noche más extensa pero suave y filoso como un cuchillo de cocina. Pasó lentamente su mano por el pelo y notó como eran sierras para él, y a cada pasada caía polvo de hueso de sus dedos. No le interesaba, pocas veces había sentido un dolor tan placentero. Llegó a la conclusión de que ahí terminaba su viaje, esta era la lección que tenía que aprender y estaba por recibirla, finalmente.
-Estás acá por todo el dolor que causaste, y no hay forma de escapar. Llegaste por un leve sueño, pero es momento de que dejes este mundo del que ya no podés formar mas parte. Esto es consecuencia de todos y cada uno de tus actos y no te vas a poder arrepentir porque ya es tarde. Antes de dejar de ser una forma de vida consciente vas a tener una última elección.
Se sintió abrumado por la presión, entendió que ya estaba, que ya fue, ya no importaba nada, nada más que la última decisión. Y no iba a equivocarse.
-Podes dejar tu corazón, y terminar con todos los conflictos que alguna vez causaste vos por tus propias acciones, pero condenar al mundo a sufrir porque la gente comenzará a actuar como vos hiciste en vida.
-¿O qué?
-O dejar tu cerebro y que el mundo arregle todos sus problemas, pero que toda la gente que conociste sufra diez veces más lo que sufrieron en vida tus acciones.
El tiempo se detuvo, la sangre volvio a correr por las cuencas en las cuales estaban sus ojos, no estaba listo para todo ese poder, tan sólo quería dormir, no ser el salvador ni el Poncio Pilato del mundo.
-No puedo, no tengo la fuerza que se necesita para tomar semejante decisión.- Se asinceró
-Perfecto- Le dijo con esa voz endulzada y sugestiva que él tanto amaba escuchar.
Perdió el sentir de sus piernas y cayó al piso, se le deshacían los dedos, los tobillos, la pantorrilla, las piernas, y le empezaron a pesar los ojos. Era el final, ahora su cadera, hasta sus costillas y pasando por su tórax, era él mismo el torso que había visto pero en forma de esqueleto, en el piso iban quedando sus genitales como un recuerdo junto a las venas y las arterias que formaban un retorcido camino de sangre y repugnancia. Desaparecieron sus brazos de esqueleto y tan solo quedaba su cabeza, y la volvió a oír:
-Aunque fue tarde, para tu suerte, tu humildad, por hoy, te salvó- Dijo decepcionada.
Quedó perplejo, no entendió de que ella hablaba y ni siquiera estaba preocupado ni podía responder. Había sido drenado completamente y nada quedaba ya de Él casi. Se despidió para sus adentros, adiós amor, adiós amigos, adiós familia.
Volvió a abrir los ojos, estaba en su cama. Agradeció tener otro día mas.
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