martes, 27 de agosto de 2019

Alzhéihmer

La mire mientras estaba de espaldas a mí, yo seguía en la cama, desnudo y pensando como sentía el agotamiento de nuestra relación en cada interacción en la que compartíamos. Nos conocíamos tan profundamente el uno al otro que éramos lo mismo si en el mismo espacio físico nos encontrábamos. Aunque no compartíamos el mismo humor, sus chistes me hacían reír y viceversa. Por más que ella no escuchaba la música que yo tarareaba todo el día, si mi cama era el concierto, repetía las melodías conmigo.  
Ahí la veía, lista para irse y no volver por otro largo rato a mi vida. Flaca, como yo, nunca se dejaba estar por completo. Siempre estaba vestida a regla o sin ropa para el deleite de los ojos. ¿Qué podría traer entre sus pequeñas y finas manos esta vez? A cada vez que aparecía Ella en mi vida una nueva trama sobre sus sentimientos se abría a mi cabeza y corazón, alimentando inseguridades, recorriendo ideas que hasta ese momento no existían o tan solo compartiendo un nuevo sentir. El problema era cuando me tocaba hablar a mí, yo no tenía nada para decir, mi mejor amiga no podía escuchar todas mis ideas, porque mi mejor amiga era también mi pareja, o como quiera cualquiera llamar a eso que vivenciamos.  

Cuando vuelve a la cama su cara de enojo posterior al sexo desaparece, dándome a imaginar lo que pasaba por sus pensamientos, cosa que amo a día de hoy hacer. Supuse que el sexo estuvo bien pero que sabía que después del acto venía una conversación incomoda, de esas que uno quiere evitar, pero salen solas de adentro, como un cuento, o el vómito, o las ganas de abrazar a alguien, esas cosas que son más producto de la sensación que el acto final. 
Yo hablé primero, como casi siempre 

-Estás hermosa. - Dije un tanto avergonzado 
-Mentiroso. - Respondió como con un poco el ego subido. 

Luego solo nos miramos hasta dormirnos, cuando me levanté ya no estaba, me pareció raro porque nunca se iría sin saludarme al menos, ni siquiera en una pelea se iría sin al menos pronunciar un frío “Chau”. Salí despeinado de mi cama buscándola, en mis ropas de pijama completamente blancas rodeé todos los cuartos en busca de una respuesta al paradero de ese tan esperado amor, el cuál había tenido momentos antes conmigo y cerrar los ojos me apartó de él. “Nunca más, hasta que la encuentre, voy a cerrar mis ojos” Pensé, como si fuese alguna clase de genio, iluminado, brillante pensador revolucionario.   
Busqué en mi mesa de luz mi billetera, porque quería salir a la calle a buscarla, la hora no sabía, pero seguro pasadas las 12 eran porque no había gente en la calle y la pelota de luz fuerte parecía no estar de turno de trabajo. Nada había en mi cartera más que 60 pesos y un papelito que no llegaba a leer completamente. Lo raro fue que recordaba poseer 360 y no solo 60 pero me describen como olvidadizo y despistado ese grupo de señores con bata tan pre juiciosos y altaneros que tan acreditados creen estar, así que lo dejo pasar en mi mente.  

Salgo de mi habitación preparado para ir a buscar a mi amiga y me siento apurado, me dirige hacia la puerta de salida del edificio, pero antes el amargado y gordo portero me mira fijo pidiéndome la llave de mi departamento. “Que osado de su parte” llegué a atinar mentalmente, pero las entregué, creo que le había pedido que arregle el calefón que tan mal está andando, a veces me chorrean con mangueras de agua en ese lugar esas señoras tan malas vestidas de celeste cadavérico y a decir verdad necesito volver a bañarme como un ser humano normal.  

Antes de emprender mi búsqueda me miré al espejo, me sentí viejo y perdido, mis ojos ya no brillaban como antes y estaban un tanto perdidos, mis pectorales estaban caídos y era portador de la cantidad de vello en el cuerpo que siempre me había parecido repugnante cuando era joven. El espacio entre mis ojos tenía pelo y mi frente gritaba pidiendo descanso, mi ropa estaba sucia y parecía recién salido de un hospital. Lo recordé, tengo alzheimer, creo, no lo sé. Momento de retomar la investigación por mi amor. 

Calle, aproximadamente doce y cuarenta y cinco de la mañana, salí de casa, fui hacia la esquina y miré el cartel de la cuadra “Charcas 3400-3500" decía uno, el otro “V...” Estaba muy despistado, pero quería saber con exactitud dónde estaba, me metí entre dos autos estacionados dispuesto a cruzar, primer paso, segundo, y no hubo tercero. Una fuerte luz me embistió sacando momentáneamente de lugar mis piernas, por un instante la fuerza del impacto que recibí me transformó en un juguete de goma y salí despegado alrededor de 40 metros, aterricé con la cara de frente al pavimento y sentí como si mi cara fuese lijada por un albañil sin piedad alguna, sacando algunas capas de mi piel, haciéndome quemaduras y hasta sacándome a la fuerza algún diente. Mis brazos y piernas quedaron inmovilizados y rasgados con varias ampollas por la fricción con el pavimento. Escuché conversaciones ajenas, sirenas, informes, charlas sobre seguros, metidos y culpas echadas, pero no dije nada, no era culpa de nadie más que mía. 

Amanecí y una linda señorita de pelo rubio casi buscando un platinado y ojos marrones como almendras, pequeños pero intensos, bajita con cara de recién graduada, un culo muy grande y sugerente uniforme me ofreció el desayuno. Medite que sus dos tetas serían el mejor desayuno alguna vez ingerido en la historia de toda la puta humanidad. Le quise preguntar el nombre, pero el rechazo y la vergüenza me hicieron recapacitar. Un breve instante del espejo en retrospectiva me hizo darme cuenta que ya no era ese altanero, canchero y maleducado mujeriego joven que creía falsamente haber sido. Los años me hicieron darme cuenta que luego te olvidas de todas esas cosas. Porque no importan. 

Los gentiles labios de la enfermera con esa leve marca de nacimiento me habían cautivado, pero no era algo para lo que ponerse a pensar. Me levanté de nuevo, y miré las paredes, no estaba más internado, había vuelto a ese cubículo infernal de suciedad, encierro y desconcierto, mi celda mental. “EH, Ian” escuché en la celda de enfrente. No respondí. “Te escapaste del puto instituto, te cojiste una puta y te atropellaron, buena manera de volver al manicomio”. 

Vi la leve luz, y mi ropa, me la quita y la até una con otra, formando una cuerda, y le hice un hueco, un hueco para mi cuello. Me subí a la precaria cama, y uní la otra punta de mi improvisada soga al cable de la luz que colgaba como iba a colgar yo en instantes. La aseguré, acerqué mi cuello y escuché el “crack” antes de no volver a escuchar nada. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario