viernes, 30 de agosto de 2019

Asado

Levanté la bebida cuyo nombre había ya olvidado y me propuse tomarla hasta llegar a su fondo. El último hombre del mundo era yo y nada en todo este universo podía remediarlo. Me sentí tan solo que nada alcanzaba ya para sanar lo que era pasado.  

Todos los días amanecía a la misma hora, siete de la mañana, cómo si eso fuese algún recuerdo de humanidad. Esta costumbre la desarrollé porque todos se despertaban a esa curiosa hora para ir a estudiar, trabajar o cualquier tarea que tuviesen que atender. “Cómo las personas que conocí” dije, intentando relajarme la primera vez que lo hice. 

Los días transcurrieron uno tras otro y nada ocurría. Se vivía tan solo sin compañía, desayunaba malhumorado. El momento de buscar el almuerzo era un tanto más entretenido, cazar ciervos y conejos era mi pasatiempo y tampoco era tan fácil como en un principio imaginé en mi juventud, cuando mi mayor preocupación era la chica que me gustaba o qué iba a hacer un fin de semana. Mi vida había cambiado, ya no irradiaba juventud y mientras los soles pasaban, mis canas eran una multitud, mis arrugas aún más, ya no importaban mis seguidores en Instagram ni los amores pasados, era yo el último bastión de los humanos en la tierra.  

Aunque algunos días me invadía la propia angustia de la soledad no podía permitirme vivir de esa manera, la obligación máxima era volver a ver a la estrella más cercana acechar mi horizonte y meditar sobre los problemas que causaba ser el humano sobreviviente en un mundo postapocalíptico. Cada día pensaba en ella, esa misma que me hizo llorar y reír, odiar y amar, que estaba tan presente en mis recuerdos y de ninguna manera quería eliminar de mi memoria. Adiviné que perderla sería perderme a mí mismo y perderme a  mismo solo tenía una obvia salida: el suicidio. 

Olvidarla, y el suicidio eran la salida fácil, lo que no tomaba tanto tiempo, quizá tal vez un esfuerzo grande, pero no tan grande como vivir con eso y superarme cada mañana. Debe ser por eso que decidí seguir, para ser mejor, encontrar el amor en cada objeto, sensación o clima que veía.  

Ya había perdido la cuenta de cuantos soles habían pasado ya desde que fui el terrestre consciente de este mundo, y supe por qué estaría vivo la siguiente puesta de estrella. Rendiría yo homenaje a todo el amor que me dio cuando conmigo y estuvo de la manera más bella que la situación en la que estaba y como ella hubiese querido. Decidí hacer un asado. 

La parrilla fue lo más fácil, tomé los restos de lo que agarrado por la fuerza fue de alguna de las casas que había visitado previamente e hice una precaria bracera, usé el carbón robado de la estación de gas por la que avancé en mis semanas anteriores, mi precario encendedor con unos viejos diarios y el fuego estaba en marcha. 

El joven conejo cazado ayer era la preciada parrillada que tanto honor tenía volcado sobre sí, y después de sacarle su piel era ya todo un manjar, de esos que en esos antiguos libros de cocina aparecían.  
Por media hora lo observé, quería que se cocinase perfectamente, hasta no ver la piel completamente blanca, cómo un pollo, no dejaría de observarlo, nada más que la perfección estaba buscando. 
Una vez preparado, agarré con mis improvisados guantes la brocha que se encontraba sobre el fuego y la acerqué a mi boca. Delicioso, digno de un manjar. Con el primer mordisco, mi primera lágrima, la extrañé tanto que mi corazón se partió en miles de pedazos. Sé que ella no hubiese querido un roedor de cena, pero en el contexto me hubiese adorado como a poca gente más que su padre y madre me hubiese querido. Le gustaba mucho el asado. 

Seguí comiendo lentamente mientras las lágrimas caían de mis ojos y las calmaba con un Luigi Bosca encontrado en una de esas tantas tiendas saqueadas por mí. Esa soledad me acompañaría de por vida y nunca se alejaría. Condenado a esta sensación dejé mi cena y me propuse beber hasta la inconsciencia. Lo logré, y lagrimeé a más no poder. Nunca se notó tanto su ausencia. 
Tomé hasta olvidarla y tomar el coraje de escribir esta misma carta. 

miércoles, 28 de agosto de 2019

Yo

Andaba ciego por la borrachera, eran las siete de la mañana y nadie caminaba conmigo ni en la calle, toda avenida entera para el amo, el señor, el grande de Capital, es decir, yo. Había dejado a mis amigos uno por uno en sus casas por el camino, tan solo faltaba que llegue el buen borrachín de turno. Ya quedaban diez cuadras, momento de un cigarrillo “Que bonita forma de matarme” pensé, es curioso como nuestros padres crecieron en una cultura en la que fumar estaba idealizado y por comprarte un Marlboro de veinte cigarrillos rubios eras el galán del lugar, con esa pestilencia que trae el tabaco, los dientes amarillos y cariados que deberían venir con fecha de vencimiento y el aliento a viejo comemierda que es propia del fumador. Y nosotros, que crecimos con la contraparte, la concientización, el “rescate” nos chupa un real huevo, nos fumamos dos atados al hilo y adoramos a nuestro palo de cáncer, lo veneramos, le haríamos altares.
Este pensamiento me tomó una cuadra y tres cuartos del puro, que sofisticado y tan bien diagramado producto es. 
En la calle número nueve de diez me entraron las ganas de una mujer, ¿Cuál quiero hoy? No soy un loco hermoso, pero tengo mis cosas, soy muy inteligente, escribo algo, creo que mi sexo está relativamente bien y si tuviese que calificarlo sería un ocho, soy bienintencionado en gran parte de mis actos, soy sincero. Mi gran amigo murió en el piso. Quizá tengo un solo problema, soy algo infiel, las mujeres son como el alcohol, hay días que quieres una, otros dos, alguna mañana te levantaste y viste ocho mujeres en la pantalla partida de tu celular y te diste asco de lo mujeriego, necesitado e innecesario que se siente hablar con tal cantidad de chicas al mismo tiempo ¿Porque necesitaría tanta atención? De esas ocho, dos tienen novio, otras tres no les importa mi vida, solo me juzgan por mi apariencia, y las restantes les importo en mayor o menor grado. Con las que se preocupan por mi alcanzan, y esto es sin estar en una relación comprometida, es decir, si una persona sola te gusta y le gustas y te interiorizas en sus emociones y viceversa, es suficiente. Supongo que yo y los hombres en general somos demasiado pretenciosos. 
Resté doscientos metros y seguí en mi caminata solitaria entre mi cerebro y yo.
“Los hombres somos unos giles” dije, odiaría que la persona que amo esté con otro, pero la reflexión que transita los cables neuronales que van hacia la lengua cuando me preguntan que le respondería a mi pareja si me ve engañándola es tan hueca y primitiva que me da hasta un poco de vergüenza enunciarla en este texto. Literalmente ante esta pregunta he contestado “Me chupa la pija lo que hago yo, hago lo que quiero, y cuando quiero” Tan poco interesado en el otro, tan egoísta y poco sensible, tan opuesto a como me siento yo realmente. Una mínima conclusión: me contradigo a cada paso que doy, estoy aprendiendo, pero eso no salva que mis actos tengan consecuencia.
Llegué a la mitad de mi camino y fui al kiosco que se encuentra en la esquina tantas veces concurrida por mí y mis amistades. Cerrado, todavía no divisé un alma en todo mi trayecto, creo me estoy volviendo loco.
Poca relevancia le di porque cada vez faltaba menos para pasar por mi casa y culminar este viaje en el lugar más hermoso, cómodo, reconfortante y amigable del mundo: mi cama.
Cuatrocientos cincuenta metros me separaban de la felicidad máxima, el sueño tan ansiado estaba por llegar. Pasó cómo una gacela rápida y fugaz la idea de una crisis existencial, siento no tener nada, que poco importa todo esto que estoy viviendo si en algún momento voy a morir y tarde o temprano cada uno de los lugares que haya caminado serán transformados, mis reflexiones serán olvidadas o superadas por alguien más, todo lo que yo haya amado pasará el mismo proceso y será siempre así hasta el final de todos los putos tiempos. Ansiedad, miedo, terror, todo se fue turnando para ocupar mi cuerpo y mente torturándome a pasar los minutos más angustiantes de mi ruta hacia el olvido total.  Si algo aprendí de estas situaciones es que hay una sola frase que te rescata de este sentimiento. Lo repetí adentro mío y sentí un momentáneo alivio. “Solo se vive una vez, así que hace algo con tu única vida”
Debo haberla pasado muy mal porque estaba en la última parte del trayecto, solo 328 pasos me separaban de la calma, el tiempo pasa volando cuando uno se siente adrenalínicosupuse. 
Lentamente reste uno por uno los pies delante del otro: “Trescientos veintisiete, trescientos veintiséis, trescientos veinticinco...” hasta que llegue al número veinte. Dos puertas me separaban de mi casa, y seguía algo borracho. Necesitaba un último cigarrillo, abrí el atado y noté que de dentro salía un hedor fuerte, tabaco mezclado con ceniza. Una tuca, una maldita tuca había estado ahí mientras yo paranoiqueabacomo el mejor y tenía pensamientos que poco productivo era tener. La saqué, la puse en mi boca, acerqué el encendedor, y tan solo dejé que la magia ocurriera. El humo me revivió la alegría, una sonrisa se me pintó en la cara y ya podía terminar bien mi noche/trasnoche/dia. Abrí la primera puerta despacio, para que ni los perros ni mi familia despertase, la cerré, proseguí con la siguiente. Uf. Se había terminado, podía ser yo, drogado y angustiado, triste y melancólico, pero yo al final. 
Saludé a mis hermosos perros que amanecieron tan solo para saludarme “Animales más nobles y fieles no han sido jamás creados por el hombre” dije en voz baja mientras los acariciaba con mucho amor de drogado, cariño torpe y pronunciado, pero sincero y real. Los recosté en sus colchonetas y seguí, hacia el pasillo, derecha, cuarto de mi mamá, tan hermosa y trabajadora, todo por mi haría y viceversa. Un beso mientras duerme, no quiero despertarla, antes de pasar a mi cuarto, la veo a ella, mi hermana, joven y brillante, con el pelo rojo y llamativo. La mujer más linda de todas para mí, después de mi amor y mi Mamá. Mi cuarto, mi hermanito, alto, hasta más alto que yo, mas inteligente que yo, mas fuerte que yo, una buena persona de verdad.
Decidí que era momento de dormir, me desnudé dejando solo mi ropa interior y acomodando lo que había usado en mi silla y me acosté. Quizá yo sea un desastre, pero todo está bien. Y pacientemente me quede dormido con una muequita que hacia un pequeño hoyuelo.


martes, 27 de agosto de 2019

Alzhéihmer

La mire mientras estaba de espaldas a mí, yo seguía en la cama, desnudo y pensando como sentía el agotamiento de nuestra relación en cada interacción en la que compartíamos. Nos conocíamos tan profundamente el uno al otro que éramos lo mismo si en el mismo espacio físico nos encontrábamos. Aunque no compartíamos el mismo humor, sus chistes me hacían reír y viceversa. Por más que ella no escuchaba la música que yo tarareaba todo el día, si mi cama era el concierto, repetía las melodías conmigo.  
Ahí la veía, lista para irse y no volver por otro largo rato a mi vida. Flaca, como yo, nunca se dejaba estar por completo. Siempre estaba vestida a regla o sin ropa para el deleite de los ojos. ¿Qué podría traer entre sus pequeñas y finas manos esta vez? A cada vez que aparecía Ella en mi vida una nueva trama sobre sus sentimientos se abría a mi cabeza y corazón, alimentando inseguridades, recorriendo ideas que hasta ese momento no existían o tan solo compartiendo un nuevo sentir. El problema era cuando me tocaba hablar a mí, yo no tenía nada para decir, mi mejor amiga no podía escuchar todas mis ideas, porque mi mejor amiga era también mi pareja, o como quiera cualquiera llamar a eso que vivenciamos.  

Cuando vuelve a la cama su cara de enojo posterior al sexo desaparece, dándome a imaginar lo que pasaba por sus pensamientos, cosa que amo a día de hoy hacer. Supuse que el sexo estuvo bien pero que sabía que después del acto venía una conversación incomoda, de esas que uno quiere evitar, pero salen solas de adentro, como un cuento, o el vómito, o las ganas de abrazar a alguien, esas cosas que son más producto de la sensación que el acto final. 
Yo hablé primero, como casi siempre 

-Estás hermosa. - Dije un tanto avergonzado 
-Mentiroso. - Respondió como con un poco el ego subido. 

Luego solo nos miramos hasta dormirnos, cuando me levanté ya no estaba, me pareció raro porque nunca se iría sin saludarme al menos, ni siquiera en una pelea se iría sin al menos pronunciar un frío “Chau”. Salí despeinado de mi cama buscándola, en mis ropas de pijama completamente blancas rodeé todos los cuartos en busca de una respuesta al paradero de ese tan esperado amor, el cuál había tenido momentos antes conmigo y cerrar los ojos me apartó de él. “Nunca más, hasta que la encuentre, voy a cerrar mis ojos” Pensé, como si fuese alguna clase de genio, iluminado, brillante pensador revolucionario.   
Busqué en mi mesa de luz mi billetera, porque quería salir a la calle a buscarla, la hora no sabía, pero seguro pasadas las 12 eran porque no había gente en la calle y la pelota de luz fuerte parecía no estar de turno de trabajo. Nada había en mi cartera más que 60 pesos y un papelito que no llegaba a leer completamente. Lo raro fue que recordaba poseer 360 y no solo 60 pero me describen como olvidadizo y despistado ese grupo de señores con bata tan pre juiciosos y altaneros que tan acreditados creen estar, así que lo dejo pasar en mi mente.  

Salgo de mi habitación preparado para ir a buscar a mi amiga y me siento apurado, me dirige hacia la puerta de salida del edificio, pero antes el amargado y gordo portero me mira fijo pidiéndome la llave de mi departamento. “Que osado de su parte” llegué a atinar mentalmente, pero las entregué, creo que le había pedido que arregle el calefón que tan mal está andando, a veces me chorrean con mangueras de agua en ese lugar esas señoras tan malas vestidas de celeste cadavérico y a decir verdad necesito volver a bañarme como un ser humano normal.  

Antes de emprender mi búsqueda me miré al espejo, me sentí viejo y perdido, mis ojos ya no brillaban como antes y estaban un tanto perdidos, mis pectorales estaban caídos y era portador de la cantidad de vello en el cuerpo que siempre me había parecido repugnante cuando era joven. El espacio entre mis ojos tenía pelo y mi frente gritaba pidiendo descanso, mi ropa estaba sucia y parecía recién salido de un hospital. Lo recordé, tengo alzheimer, creo, no lo sé. Momento de retomar la investigación por mi amor. 

Calle, aproximadamente doce y cuarenta y cinco de la mañana, salí de casa, fui hacia la esquina y miré el cartel de la cuadra “Charcas 3400-3500" decía uno, el otro “V...” Estaba muy despistado, pero quería saber con exactitud dónde estaba, me metí entre dos autos estacionados dispuesto a cruzar, primer paso, segundo, y no hubo tercero. Una fuerte luz me embistió sacando momentáneamente de lugar mis piernas, por un instante la fuerza del impacto que recibí me transformó en un juguete de goma y salí despegado alrededor de 40 metros, aterricé con la cara de frente al pavimento y sentí como si mi cara fuese lijada por un albañil sin piedad alguna, sacando algunas capas de mi piel, haciéndome quemaduras y hasta sacándome a la fuerza algún diente. Mis brazos y piernas quedaron inmovilizados y rasgados con varias ampollas por la fricción con el pavimento. Escuché conversaciones ajenas, sirenas, informes, charlas sobre seguros, metidos y culpas echadas, pero no dije nada, no era culpa de nadie más que mía. 

Amanecí y una linda señorita de pelo rubio casi buscando un platinado y ojos marrones como almendras, pequeños pero intensos, bajita con cara de recién graduada, un culo muy grande y sugerente uniforme me ofreció el desayuno. Medite que sus dos tetas serían el mejor desayuno alguna vez ingerido en la historia de toda la puta humanidad. Le quise preguntar el nombre, pero el rechazo y la vergüenza me hicieron recapacitar. Un breve instante del espejo en retrospectiva me hizo darme cuenta que ya no era ese altanero, canchero y maleducado mujeriego joven que creía falsamente haber sido. Los años me hicieron darme cuenta que luego te olvidas de todas esas cosas. Porque no importan. 

Los gentiles labios de la enfermera con esa leve marca de nacimiento me habían cautivado, pero no era algo para lo que ponerse a pensar. Me levanté de nuevo, y miré las paredes, no estaba más internado, había vuelto a ese cubículo infernal de suciedad, encierro y desconcierto, mi celda mental. “EH, Ian” escuché en la celda de enfrente. No respondí. “Te escapaste del puto instituto, te cojiste una puta y te atropellaron, buena manera de volver al manicomio”. 

Vi la leve luz, y mi ropa, me la quita y la até una con otra, formando una cuerda, y le hice un hueco, un hueco para mi cuello. Me subí a la precaria cama, y uní la otra punta de mi improvisada soga al cable de la luz que colgaba como iba a colgar yo en instantes. La aseguré, acerqué mi cuello y escuché el “crack” antes de no volver a escuchar nada. 

lunes, 26 de agosto de 2019

Serena no volvió

Amaneció y escucho como los pájaros cantaban, se tomo algo de tiempo para completamente despejar su sueño olvidando precisamente lo que había soñado. En su ropa interior camino lenta y relajadamente hacia el baño, se desvistió y entró a la ducha. El agua estaba tan caliente que casi quemaba, pero era el punto que le gustaba, el agua caía hacia su pelu, bajaba por su espalda por sus caderas, piernas y al piso. Se enjabonó completamente el cuerpo y su pelo preparándose para otro día de trabajo. Salió de la ducha y se lavó los dientes sin apuro alguno mientras se miraba al espejo. Hoy no quería maquillarse, pensó o eso creo yo. La vi hacerse un café, aunque prefiere el mate dulce, pero como yo ya estaba levantado prefirio compartir el desayuno conmigo. 

Charlamos un poco sobre lo que vimos en la tele, nos abrazamos un rato en la cama antes de que ella decidió que era momento de irse. Me dio un muy lindo beso sobre los labios y se metió al baño nuevamente antes de irse.

Dentro del baño revisó su bolso y lo vio, corto y con lo necesario para hacer lo que ella quería. Por un momento medito si era lo correcto y si debería llevarlo en la cartera, o la cintura, entre su ropa interior y su jean.

La volví a ver salir, estaba hermosa y su bolso tan solo concordaba con su belleza, se había pintado un tanto los pómulos y las ojeras con base para disimular su cansancio.

Camino las diez cuadras hasta su trabajo pensando cuál era el momento exacto “apenas entro, cuando salgo, con el primer cliente o en el baño” tantos días pasaron ya desde el primer pensamiento que ya olvidó que la trajo a esto. 

La última cuadra se hizo eterna, llego al supermercado donde pasaba sus tardes y vio al dueño, lo saludo como todos los días y paso al cuarto de empleados, luego al baño de empleados, abrió su bolso y puso el revólver en su cintura. No podía ver delante de sus ojos, pero eran las 10 de la mañana y ya empezaba su día. 

Paso a su mostrador, esperando al primer cliente, al segundo y al tercero. Entre disimulo, miradas extrañas, diálogos triviales y mundanos completó la mañana, y almorzó como cualquier otro día.

Cuando termino sabía que quería hacer, el final era el mismo, pero hasta más insano. A medida que el reloj iba avanzando, su temperamento y su mirada cambiaba, pasó de suave a áspera, de calma a la irritación. Y los demás lo notaban, los clientes se quejaban pero quizá solo tenía un mal día. 

7 de la tarde, su jefe se acerca y le pide hablar en privado, era momento. Ella ni siquiera pensaba en que le hablaba él, al cabo de algunos minutos de reproches pasó al baño, siguió escuchando cómo se quejaba y rompió un vidrio. El señor la fue a buscar de inmediato pensando que quizá estaba lastimada, ella agarro ino de los cristales, decidió abrir la puerta y su jefe conmocionado vio el último rostro de su vida. Serena le hizo un tajo de lado a lado a la garganta del chino con una sonrisa en su cara, mientras más cortaba más sangre salía y ella se bañó completamente en sangre. Después de esto lo empujo y quedo en el piso el hombre. Saco el revólver y se dirigió a la zona de lácteos, le disparó al fiambrero que alguna vez había hablado de su culo y lo grande que era, un gran hueco en su pecho hizo que un líquido rojo manchara su delantal, y ella sintió mucho placer. Escucho gritos y corrió hacia la puerta, dos clientes salían disparados hacia la puerta y ella apretó el gatillo tres veces y estos recibieron en sus espaldas dos impactos que los desplomaron. Al lado de la entrada se escuchaba pánico, era su otra compañera, arrodillada debajo de la caja, le disparó en la cabeza sin remordimiento alguno. 

Hubiese deseado seguir, pero no tenia más balas, el calibre 38 cromado que era mío tenía tan solo 6 balas, lo tenia para mostrar más que nada. Nunca pensé que se lo llevaría.


Se sentó en su propia silla y mientras escuchaba las primeras sirenas policiales pensó que no había vuelta atrás. Miro la recamara, una bala más, pensó nuevamente en su día, y en que la llevo a esto y rompió en llanto. Escucho a la policia entrar definitivamente al supermercado, acaricio el metal, lo acerco a su boca, apretó el gatillo y terminó con todo.

domingo, 25 de agosto de 2019

MYA

Siempre la visitaba cuando estaba sola, decidió conocerla cuando era tan solo un bebé y desarrollo por ella un cariño que por ningún ser humano había logrado sentir.  Había conocido a muchísimos, amargados, brillantes, únicos y algunos inigualables. A otros el mismo les había concedido  no solo el placer de una visita consciente sino también talento. Ella era distinta en sus ojos, tan solo con compartir tiempo en una tarde el se contentaba, viéndola jugar con sus muñecas, preguntándole por su día mientras ella tejía o acompañándola dentro de sus pensamientos mientras recorría el camino de un kilómetro y medio de su casa hasta el colegio que hacía todos los días de lunes a viernes a pie. Él la quería tanto que como era con los demás no era compatible a su relación con ella, de hermanos, quizá tío o padre con una hija. 
La niña no tenia total noción de quien era, entendió que los amigos no lo conocían, sus padres creían que hablaba de un amigo imaginario que ella llamaba Añanga, que la ayudaba con todo, desde sus tareas, actividades con amigos y tejer. Tampoco nunca había pasado nada con la pequeña como para que se sembrasen dudas de con quien pasaba sus días, ella estudiaba, tenía algunos amigos y amaba a su familia.
Tan solo una de otras tardes Añanga se le apareció a Ella mientras jugaba, en su cara vio enojo y frustración 

-Marina, qué pasa?- pregunto Añanga triste.

-Hoy fue un día malo Añanga.-dijo ella triste y como ofuscada

-Porqué?.-retrucó él

-Hoy mientras tejía en un recreo unos niños me rompieron mi bolso con unos regalos que estaba haciendo para vos

Añanga sintió dos cosas muy fuertes, mucho amor, nunca nadie en mucho tiempo le había siquiera regalado algo, se sintió orgulloso de sí mismo por mejorar y el cariño más sincero que se le desea a alguien y a uno mismo lo invadió. Después una mezcla entre temblidos, miedo y angustia se apoderó de él.

-Está bien Marina, no pasa nada te ayudaré a tejer otro.- Le dijo fingiendo no tener miedo de una respuesta

-Añanga.- dijo ella preparada para pedir algo

-Qué?.- respondió él, su temor se estaba por hacer real

-Quiero ser la mejor tejedora del mundo, ayúdame y te haré los tejidos más lindos que alguna persona haya visto.- se pronuncio emocionada y con ganas de aprender 

Añanga se desplomó por dentro, se le había roto el corazón, si es que tenia, se le revolvió el estómago como si tuviese un lavarropas dentro de él, un lavarropas de miedo, angustia, dolor, decepción y tristeza. Marina era otra humana más, con las aspiraciones que tienen todos los humanos, ser mejores, los mejores, en lo que sea que les guste. Él sabía cual era su deber, darle a Marina lo que quería, un último vestigio de humanidad se había perdido dentro del Diablo, y fue encontrado por Marina. Sintió que Marina había destrozado su alma finalmente y era liberado. La analizó por última vez, su tiempo con ella estaría llegando a un fin, todos quieren al diablo para que les de algo y Marina ya sabía lo que buscaba.

Por primera vez le analizo de pies a cabeza, tenia el pelo negro y corto que parecía un Niño, unos ojos un tanto rasgados, una nariz pequeña y labios finos, la tez morena, brazos y piernas flaquitos y demasiada ambición para una joven de 13. 

“Ser la mejor tejedora que exista alguna vez” dijo el Diablo para sus adentros. Ya había comenzado a meditar un castigo ocurrente para semejante petición al señor del inframundo. 

Para la siguiente mañana, y antes de que los padres de Marina despertaran, la visitó.
Mientras dormía agarro un hilo y la aguja y la acercó lentamente a la cara de ella, aunque estaba invadido por la ira, no pretendía hacerla doler.
Enhebró el hilo y comenzó, dio la primer puntada al párpado y el fino hilo transparente fue recubierto de una fina capa de sangre, dio la segunda y salió más todavía, dio la tercera y escuchó un grito tan ensordecedor que cualquiera a varias cuadras podría haberlo escuchado, pero nadie lo escucho, obra del diablo mismo.
Paro y la miro mientras lloraba lágrimas ensangrentadas
-Te daré lo que pediste, serás la mejor de todas las enhebradoras de hilos que hayan existido, tus diseños serán amados en todas las ciudades cosmopolitas, las mujeres se apilarán en largas hileras para conseguir una simple prenda, escucharás hablar maravillas de tus obras y quizá hasta te reconozcan mundialmente. Pero nunca sabrás qué haces, nunca podrás ver tus obras, nunca te permitiré que en vida se vea por completo lo que lograste y todo será tu propia culpa, por egocéntrica, por no respetar el proceso, por haber hablado conmigo.

Ella ni respondió, ya era tarde, el ojo derecho sangraba a más no poder y ya se encontraba cerrado por toda la eternidad, estaba sellado, ella sería la mejor de todas tarde o temprano y otra vez él había hecho su trabajo. Empezó por el segundo ojo, esta vez supo que quería recuperar su esencia por permitirse ser vulnerado, por no ser lucifer, por no haber estado por encima de la situación, por llorar por alguien que era otra persona más de las millones que había podido escuchar y ver. 

Apuñalo el ojo izquierdo y la joven Marina lloro, apuñalo de nuevo el ojo con la aguja, dos chorros de sangre como si de una filtración se tratase comenzaron a salir de sus globos oculares, así estuvo unos minutos más. Destrozó esa bolita mágica que usaba para percibir cosas, tan solo parecía un pedacito de molleja, crudo, ensangrentado, destrozado, ensuciándose en el piso. 

Por un momento se detestó mientras salía del cuarto y la oía llorar desconsolada,  pero esa sensación desapareció rápidamente. Entre sombras y humo volvió a su trono de huesos, espadas y pistolas, se sentó y dijo en voz alta. “Otra vez he cumplido, estoy condenado a una vida de dolor, arranco almas por favores y despojo a todos de sus vidas por un poco de fama, dinero, mujeres. Y yo, que todo eso y más tengo, igual soy afectado por una niña, de cualquier manera no soy feliz, y nada me satisface.” Entrecerró los ojos y vio a su maestro, supo que había comprendido lo que por miles de años había evitado, quien por tantos años había sido alejado de él le puso la mano en la cabeza suavemente y susurró algunas palabras que dibujaron una hermosa sonrisa en su cara. Había sido liberado, comprendió lo que era el cariño nuevamente, y sufrir por cariño y amor. Era el fin, esa era su lección, había terminado la tarea del diablo y se sumió lentamente en el último sueño en el trono, su larguísima guardia había culminado.


Marina amaneció sin entender que había pasado pero sentía que no podía salir de su sueño a pesar de que se movía, gritaba por sus padres pero nadie respondía, salió de la cama, y adivinando a cada paso, encontró su silla, movió lentamente sus manos por su pequeña mesa, agarro su aguja, el hilo y comenzó a tejer.