Levanté la bebida cuyo nombre había ya olvidado y me propuse tomarla hasta llegar a su fondo. El último hombre del mundo era yo y nada en todo este universo podía remediarlo. Me sentí tan solo que nada alcanzaba ya para sanar lo que era pasado.
Todos los días amanecía a la misma hora, siete de la mañana, cómo si eso fuese algún recuerdo de humanidad. Esta costumbre la desarrollé porque todos se despertaban a esa curiosa hora para ir a estudiar, trabajar o cualquier tarea que tuviesen que atender. “Cómo las personas que conocí” dije, intentando relajarme la primera vez que lo hice.
Los días transcurrieron uno tras otro y nada ocurría. Se vivía tan solo sin compañía, desayunaba malhumorado. El momento de buscar el almuerzo era un tanto más entretenido, cazar ciervos y conejos era mi pasatiempo y tampoco era tan fácil como en un principio imaginé en mi juventud, cuando mi mayor preocupación era la chica que me gustaba o qué iba a hacer un fin de semana. Mi vida había cambiado, ya no irradiaba juventud y mientras los soles pasaban, mis canas eran una multitud, mis arrugas aún más, ya no importaban mis seguidores en Instagram ni los amores pasados, era yo el último bastión de los humanos en la tierra.
Aunque algunos días me invadía la propia angustia de la soledad no podía permitirme vivir de esa manera, la obligación máxima era volver a ver a la estrella más cercana acechar mi horizonte y meditar sobre los problemas que causaba ser el humano sobreviviente en un mundo postapocalíptico. Cada día pensaba en ella, esa misma que me hizo llorar y reír, odiar y amar, que estaba tan presente en mis recuerdos y de ninguna manera quería eliminar de mi memoria. Adiviné que perderla sería perderme a mí mismo y perderme a mí mismo solo tenía una obvia salida: el suicidio.
Olvidarla, y el suicidio eran la salida fácil, lo que no tomaba tanto tiempo, quizá tal vez un esfuerzo grande, pero no tan grande como vivir con eso y superarme cada mañana. Debe ser por eso que decidí seguir, para ser mejor, encontrar el amor en cada objeto, sensación o clima que veía.
Ya había perdido la cuenta de cuantos soles habían pasado ya desde que fui el terrestre consciente de este mundo, y supe por qué estaría vivo la siguiente puesta de estrella. Rendiría yo homenaje a todo el amor que me dio cuando conmigo y estuvo de la manera más bella que la situación en la que estaba y como ella hubiese querido. Decidí hacer un asado.
La parrilla fue lo más fácil, tomé los restos de lo que agarrado por la fuerza fue de alguna de las casas que había visitado previamente e hice una precaria bracera, usé el carbón robado de la estación de gas por la que avancé en mis semanas anteriores, mi precario encendedor con unos viejos diarios y el fuego estaba en marcha.
El joven conejo cazado ayer era la preciada parrillada que tanto honor tenía volcado sobre sí, y después de sacarle su piel era ya todo un manjar, de esos que en esos antiguos libros de cocina aparecían.
Por media hora lo observé, quería que se cocinase perfectamente, hasta no ver la piel completamente blanca, cómo un pollo, no dejaría de observarlo, nada más que la perfección estaba buscando.
Una vez preparado, agarré con mis improvisados guantes la brocha que se encontraba sobre el fuego y la acerqué a mi boca. Delicioso, digno de un manjar. Con el primer mordisco, mi primera lágrima, la extrañé tanto que mi corazón se partió en miles de pedazos. Sé que ella no hubiese querido un roedor de cena, pero en el contexto me hubiese adorado como a poca gente más que su padre y madre me hubiese querido. Le gustaba mucho el asado.
Seguí comiendo lentamente mientras las lágrimas caían de mis ojos y las calmaba con un Luigi Bosca encontrado en una de esas tantas tiendas saqueadas por mí. Esa soledad me acompañaría de por vida y nunca se alejaría. Condenado a esta sensación dejé mi cena y me propuse beber hasta la inconsciencia. Lo logré, y lagrimeé a más no poder. Nunca se notó tanto su ausencia.
Tomé hasta olvidarla y tomar el coraje de escribir esta misma carta.